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Condenados al Paraíso

Condenados al Paraíso

H.Martín.H

Colombia se encuentra ahora en medio de una tormenta político-social, resultado de años de ignominia y una profunda desigualdad, lo cual hace que el mundo vuelva sus ojos a este pedacito de cielo, bañado por dos mares y vestido de magníficos verdes,  que exaltan la voluptuosidad de sus cordilleras adornadas de nieve, extensos paramos y lagunas, desde donde brotan innumerables ríos tan puros como el aire.

La diversidad de especies y culturas, dan al territorio una exuberante alegría; Cuantas maravillas esconde la selva entre sus altos follajes; Pinturas rupestres que reflejan el conocimiento científico de sus antiguos habitantes, hace miles de años.  Sabiduría que aún pulula en los cantos de sus actuales guardianes: Los valerosos indígenas, que resisten estoicamente el avance del tiempo y la mal llamada civilización de occidente. 

Las inmensas minorías; Esos defensores del espíritu de la selva, del manglar, de la sierra, de los páramos, y de las distintas comunidades y ecosistemas. Las negritudes por ejemplo, que enriquecen cualquier paladar con sus comidas exóticas, y alegran la vida con sus frenéticos bailes, una Guajira nativa llena de misterios, un Pacífico con miles de sabores, un Caribe que se viste de carnaval y fiesta y un interior de hermosas costumbres campesinas, que con su trabajo enriquecen y embellecen montañas, valles y llanuras.  

Pero… ¿De qué sirve un suelo lleno de riqueza, si quienes lo habitan carecen de todos los derechos? 

Colombia también posee una riqueza histórica. La lucha por los derechos y la soberanía de su pueblo, ha tenido grandes protagonistas, quienes han marcado el rumbo de esta república de doscientos años, desde la cacica Gaitana, el cacique Calarcá, Manuela Beltrán, Antonio Galán, Policarpa, Quintín Lame, Guadalupe Salcedo, los indígenas de las caucherias en el amazonas,  las obreras y los obreros de las bananeras en el Urabá, Camilo Torres y el movimiento estudiantil, Gaitán, Galán y Pizarro…  En fin, miles de personas que pisaron este suelo y fueron aplastados por las manos de la codicia. Ahora, todas estas vidas se marchitan en el jardín de la memoria, a causa de la falta de identidad que propagan los gobiernos. 

Y es precisamente ese desconocimiento de nuestra historia, lo que nos lleva a tropezar siempre con la misma piedra, con esa clase dirigente, inamovible, que llena los estómagos de la gente hambrienta con mentiras, mientras, se concentra toda la riqueza en unas cuantas manos, de conquistadores o libertadores de “nuestra tierra”. 

A dónde va el cóndor con sus enormes alas, el venado de cola blanca, y el oso de anteojos, que son emblemas de la patria; En su poca libertad debieron huir del ruido de los tractores y  taladros extranjeros, que succionan la sangre de la tierra. 

El carbón de la Guajira calcino la esperanza de miles de familias, el paso del “progreso” deja enormes heridas abiertas en la tierra. Muchos tienen que correr, callarse o esconderse, ante el poderoso miedo que les gobierna. Morir defendiendo la vida en un país donde la juventud es un crimen, pensar diferente es imposible y alzar la voz es causal de muerte. Las almas que fueron expulsadas de este paraíso, por la falta de oportunidades ahora ven desde la lejanía, al país con lágrimas en los ojos.  Toda esta gloria, toda esa riqueza ha sido su mayor desdicha y causa de la más profunda tristeza. 

El pueblo está fragmentado. Se han creado entre las gentes todos los abismos, desde el comunismo y el fascismo, hasta el neoliberalismo. Fantasmas que reencarnan para favorecer a los poderosos en tiempos de elecciones y nos empuja a enfrentarnos entre nosotros mismos por causa de un analfabetismo político, impuesto por una hegemonía obsoleta que confunde y reina como un tuerto entre los ciegos. 

El gobierno nacional se empeña en mantener unas políticas de privatización a sangre y fuego, escudada en una guerra antisubversiva y la fracasada lucha contra el narcotráfico, el cual ha permeado todas las estructuras del estado y la política. La minería que desde tiempos remotos ejerce una función económica importante, siempre ha sido el foco de la miseria y violencia en los territorios donde se desarrolla al igual que el narcotráfico. La abundancia de minerales, en especial el agua, es centro de las disputas entre las multinacionales y las comunidades, quienes defienden la biodiversidad, son acusados de detener el progreso económico de la región y son señalados de subversivos para vulnerar su seguridad. La educación y la salud se vuelven privilegios muy costosos para quienes se rompen las manos en una mina.

En este escenario bélico, se desarrolla un drama macabro, interpretado por todos los actores del conflicto: los grupos criminales organizados, los ejércitos privados, el narcotráfico, un estado corrupto, la ignorancia, la pobreza y la desigualdad. Todas fichas claves, para su estrategia de manipulación, en la cual, las únicas víctimas, son la población más vulnerable y los recursos naturales. 

En ese contexto, se entiende, como este paraíso se convierte en una tumba, para quienes aún esperan un futuro mejor para este país y para su pueblo. 

Sin embargo todas esas voces, antes desconocidas, se encuentran para exigir un cambio y derrumbar el muro que divide el campo de la ciudad. Vuelve la minga, de hombres y mujeres unidos, vuelve el sancocho comunitario. El baile y el jolgorio en medio de tanta revuelta. Todas las voces se juntan en un canto de libertad, para reclamar un cambio, para recuperar nuestra memoria y hacer que aquí, en este país multicultural, reine la paz con justicia social. 

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