Por Edgard Sandino Velásquez

El poder de la ambición

Cuando bajaron el poeta estaba ojeando un libro de grabados. Álvaro estaba afuera mirando un enorme afiche que no lograba descifrar.

Ismael lo llamó y le preguntó algo que éste no alcanzó a contestar.

Acercándose el poeta, cogiendo a Ismael por el brazo le dijo:

–Se ama la libertad más que la vida. Pero hay tantas formas de ser esclavo. Sin ella más vale morir. Hay ambiciones que matan cuando se les pone de frente. Nos domina el orgullo, la soberbia, la vanidad, la envidia, que son otras tantas formas de esclavitud. Lo entenderán mejor si escuchan lo que les voy a contar. Salgamos.

Al salir unos niños de la calle, desnudos, se bañaban en la fuente del parque. El agua era fría y tiritaban.

Álvaro preguntó:

–¿Bogotá siempre es así?

–Siempre.

Parados en el parque, mientras se oían los infantiles gritos y el susurro del agua, el poeta, que no era otro que Jairo Aníbal Niño les dijo:

–Voy a contarles un cuento.

Isabel preguntó:

–¿Un cuento?

–Un cuento. Y es así:

–Hace muchos años, vivió en esta ciudad, pero puede ser cualquiera otra, un joven de buena familia que soñaba con el poder y la gloria.

Era tan pobre y vivía tan hambreado como dicen que viven los ratones de biblioteca. A pesar de su estrecha inteligencia, tenía una gran ambición: tener poder sobre los hombres.

Un día oyó hablar de un hechicero que había llegado de las selvas, dueño de grandes poderes. Solo que vivía apartado en una pequeña población de tierra caliente. Dispuesto a satisfacer su ambición viajó pues a consultarle. Cogiendo un flaco caballo de la que fuera la cuadra de su padre, emprendió camino. Tras muchas horas de viaje y vicisitudes llegó a la pequeña población donde habitaba el hechicero. Este vivía en una pequeña vivienda de bahareque y techo de paja, pero luminosa, porque han de saber que era un hechicero de corazón hermoso, localizada en las afueras del pueblo, prácticamente colocada sobre un precipicio donde se oía el rumor del viento y de las aguas.

Encontró al mago sentado sobre una estera, mientras sobre unas tulpas, que son las piedras dentro de las cuales se coloca el fuego del hogar, hervía una olla. El joven ambicioso saludó con mucha cortesía y sin más le dijo al anciano:

–He venido humildemente a que usted me ayude a cumplir un sueño.

Y le contó al hechicero su deseo de poder y de gloria. Le dijo:

–Señor, sé que su magia es infinita e infalible. Le pagaré sea cual sea el precio. Palabra de hombre.

–Te daré lo que pides, sólo con una condición. En pago a mis servicios, dentro de un tiempo deberás traerme un gran pavo asado en una artesa de barro cocido con yuca, plátano y ñame, frutos de nuestra tierra.

El joven aceptó agradecido. Entonces el mago hizo un gesto con las manos, apagó el mechero de su vivienda y exclamó:

–¡Sea!

Al instante el joven se encontró en su destartalada casa de la ciudad. La fortuna le sonreía. Aunque apenas sabía leer y escribir, pronto le propusieron para obispo y como tal llegó a ser muy querido por los fieles de su ciudad y antes de nada fue propuesto para cardenal. Nadie recordaba jamás a alguien que hubiera ascendido tan rápido. En unos días estuvo en Roma. Y en Roma murió el papa y el joven le sucedió. Estaba en la cima del poder, sobre hombres y gobiernos. Tenía sin duda el más alto poder sobre la tierra.

Pero pasó el tiempo fijado por el hechicero y un día, próximo a la fecha, el papa se acordó de la promesa. Se sintió molesto por el engorro, ya que su vida transcurría muy ocupada. Atender jefes de estado, luminarias de la cultura, millonarios ansiosos de reconocimiento y no tenía tiempo para un estúpido viaje de retorno hasta el humilde pueblo donde vivía el hechicero en su lejano país. Llamó a uno de sus asistentes y le ordenó que hiciera cumplir por él la promesa hecha.

Apenas había dado la orden cuando se encontró de nuevo en la humilde vivienda del hechicero con sus mismas ropas miserables. Se frotó los ojos y descubrió al mago inclinado sobre él.

Este le dijo:

No has dormido más de una hora. Has soñado el que hubiera sido tu destino muchacho. Ahora sé que no eres digno ni del poder, ni de la gloria. Jamás serás obispo, ni cardenal, ni papa.

No serás más que un pobre mediocre entre los mediocres del mundo. Uno más. Y yo no comeré gallina, o pavo asado, con yuca, plátano y ñame. ¿No quieres compartir conmigo un plato de comida?

Por entre el techo desvencijado de la vivienda se filtraba la luz de una esplendorosa luna de verano.

Isabel comentó:

–Muy bello el cuento, pero, ¿a qué viene?

El poeta dijo:

–¿De verdad? ¡Ah! El gorrión de la poesía es el corazón de los sueños, la luna de los abrazos y la valiente inteligencia de los jóvenes. Lo contrario es la ambición, y la vanidad de los hombres.

Dirigiéndose a Iván, a Álvaro y a Isabel, interrogó:

–¿No les parece?

Isabel se quedó pensando.

 

Tomado de Caecus, El Ciego

(Caza de Libros, Ibagué 2014),

a su vez de: Cuentos y Leyendas del Mundo

de Edgard Sandino Velásquez.

 

 

 

 

Edgard Sandino Velásquez

Escritor, poeta, dramaturgo, maestro en artes escénicas, coreógrafo, gestor cultural y editor. Catedrático de historia del arte, la cultura y el teatro. Ha publicado más de 30 libros entre novela, poesía, ensayo, entre otros. Columnista de medios nacionales e internacionales.  Su cuento Simijaca fue seleccionado por IBBY (Organización Mundial para la Literatura Infantil y Juvenil) como uno de los mejores cuentos para niños del mundo. Su novela Arlequín, es primera finalista y Mención de Honor de la Bienal Internacional de Novela José Eustasio Rivera en el año 2008. Ha dirigido más de cuarenta obras de teatro y danza, danza-teatro y participado en festivales nacionales e internacionales.

 

 

 
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