Camina de un lado  a otro, la mañana avanza con agitación, Víctor trata de recordar algún pensamiento del día anterior, se acerca al computador se frota las manos con entusiasmo, toma asiento y digita una sola palabra: “SILENCIO”

Se incorpora, camina de nuevo, parece ansioso, aplaude y se frota las manos constantemente, mira al suelo y choca sus zapatos en la alfombra, se pasa las manos por la cara, se detiene en frente al espejo, parece querer decirse algo pero el silencio impera. Baja la mirada siempre contemplativo y murmura apretando los dientes…

 -s-i-l-e-n-c-i-o- 

Prosigue a redactar sus pensamientos más tímidos, toma impulso y comienza a digitar copiosamente en su computadora… Luego de diez minutos lee y borra abruptamente TODO excepto la palabra silencio. Mira el reloj se da cuenta que el tiempo va pasando de prisa, se ha ido a la papelera de reciclaje toda la mañana. Es la hora del almuerzo. Se acerca a su nevera y saca una botella a medio consumir de vodka y un jugo de naranja artificial, sirve un buen trago y bebe, pasa un cuchillo por la mantequilla para luego embarrarla en una rodaja de pan a la que la da un mordisco apresurado, mastica con prisa hasta devorarlo por completo. Bebe más jugo de naranja con vodka, muerde de nuevo el pan y parece que todo se va a rebosar de su boca.  

Observa de nuevo el reloj que marca la una en punto. –Mierda- exclama con voz ronca y tenue. Se pone el chaleco, le da otro sorbo a su trago y sale rápidamente de su desordenado apartamento para dirigirse a la terapia semanal que tiene claramente marcadas de color rojo en el calendario pegado al reverso de la puerta. Mientras camina por la calle  observa repetidamente el suelo, tiene la tendencia de hacerse ideas locas en la cabeza que parecen juegos; A no pisar la líneas que dividen el concreto, o las grietas, por ejemplo, a contar sus pasos, a calcular los segundos para el cambio de los semáforos o cualquier otro obstáculo que determine su mente.  escasamente levanta la mirada para no tropezar con la multitud que avanza en la dirección contraria, el ruido es constante, los carros, las bocinas, todo ese escándalo de hojalata, las conversaciones ajenas que van y vienen en la cera, las grandes ofertas de los vendedores informales ofreciendo sus innovadores, pero inútiles productos, los que pregonan el menú del día en el restaurante más económico de la calle, con sus espeluznantes trajes de payasos, todas esas voces golpeando sus tímpanos como un hierro caliente en el yunque de su paciencia:  -siga señor bienvenido-  -¿qué busca caballero?- -prestamos con baja tasa de interés- -¿qué zapatico busca?- -señor, aproveche esta oferta- siga, siga, siga… -A la orden- -Déjese atender patroncito-… chicas, chicas chicas…

Víctor continúa caminando con el ritmo que le permite la gente que va enfrente despacio y como si nada les importara se detienen cerca de las vitrinas a mirar algún producto y a discutir sobre su pobre vanidad, o sobre los precios de oferta y sobre costoso que esta todo. Contemplan la posibilidad de adquirirlo en la quincena siguiente, si lo permiten las demás deudas que se van sumando en la tarjeta de crédito, como de los nuevos impuestos, el diezmo y todas esas porquerías que llegaron a vender puerta a puerta…

Él tiene que caminar de un lado a otro buscando como para esquivar el lento avance de la gente, sin ni siquiera permitirse un leve roce con algún extraño, aprieta fuertemente los puños y dientes, esta impaciente, pues va tarde y teme que los celadores del edificio sean intransigentes y no le permitan entrar por su impuntualidad, él sabe que este día tiene demasiadas cosas en sus pensamientos como para soportar su arrogancia. Siente que su cabeza hierve poco a poco, con una fiebre incontrolable y sus puños siguen rígidos, sudorosos, así que se detiene frente a una tienda ambulante y compra un cigarrillo para que el humo aliviane sus pensamientos.

Llega a la entrada del edificio, contempla por un tiempo la fachada mientras fuma, se acerca a la puerta. El celador lo mira y abre la puerta a un punto medio y dice: – para dónde va el señor-  -voy para el noveno piso- -contesta- ya es muy tarde y no lo puedo dejar entrar- dice el celador con un tono autoritario – pero si hasta ahora solo han pasado diez minutos- replica, -no sé hermano esa es la orden que me dan, no puedo hacer nada-. Víctor sabe que no puede  soportar un minuto más sin su terapia y empuja la puerta bruscamente, el celador trata de reaccionar pero lo detiene con tremenda patada en medio de las piernas que lo inmoviliza. Mientras cae al suelo le arrebata el revolver de la funda que pende de su cinturón, lo toma del cuello y amenaza en no dejar sino cadáveres por el suelo si lo intentan detener. Se dirige a la recepción pide las llaves de uno de los cuartos cercanos de aseo donde los encierra a todos luego de quitarles toda forma de comunicación, los mira por última vez amordazados, llorando y suplicando misericordia. No hay nada que le cause mayor satisfacción, sonríe y tira la puerta…

Deja caer el arma al suelo, se sienta, se toma la cabeza con las manos que luego deja deslizarse por su cara dejando todo en una oscura calma. Le da la última fumada a su cigarro y el humo se escapa suavemente por la boca, cuando se disipa esa bocanada de humo, Víctor, con el pulso de su corazón más tranquilo, cae en cuenta que está allí, frente al edificio. Reacciona, bota el cigarrillo y lo aplasta con su pie, sube las escaleras, el celador le abre la puerta y saluda amablemente: -Muy buenas tardes señor. ¿En qué le puedo ayudar?… – me dirijo al noveno piso- y el celador responde con la voz del payaso que ofrece el menú del día  –ah el señor se dirige a psiquiatría, siga por favor, está en su casa- . 

Fin.

H.Martín, es un poeta bogotano, autor de “Las deidades del delirio”, libro de poesía contemporánea visceral con estructura clásica romántica. Guionista de profesión, anarquista de vocación, comunista para quienes no conocen a Marx y un soñador de imposibles.

Ilustración de Martin Bacatá

 

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