Volvemos paulatinamente a la normalidad. Una noticia que nos alegra a todos los habitantes del planeta, se va desvaneciendo toda la angustia que dejó el paso de la pandemia con su saldo espantoso de muerte. Pero para ser sincero, sin lugar a duda existen muchas más situaciones en el acontecer nacional, que no dejan de preocupar profundamente.

Vamos a hacer un breve recuento de lo que nos espera en la tan añorada “normalidad”. Comenzaremos así, con los individuos más vulnerables, los niños. Seguramente quedaran muchos más factores por considerar, pero este será un buen principio… los niños por fin van a regresar a las aulas de clases, de nuevo esa alegría, ese ruido de vida, que alegrarán las paredes viejas y derruidas de las escuelas. Volverán esas pequeñas huellas por los caminos polvorientos, por las veredas aisladas de la ruralidad, atravesarán largas distancias a pie para llegar a educarse con un desayuno pobre en sus estómagos, con el hambre de aprender, con la ilusión entre sus pestañas. Tal vez encuentren en el menú de sus loncheras algo tiernamente empacado por sus padres, porque quizás el almuerzo que ofrece el estado, este contaminado con carnes extremadamente costosas de burro o caballo, con un pan duro y alimentos con la fecha de caducidad vencida. Se encontrarán con los mismos pupitres estrechos, las bibliotecas vacías, con suerte tendrán electricidad y agua, pero jamás internet. Sin embargo su más preciada alegría será compartir sus aventuras durante el confinamiento. Compartir con los demás niños su pobreza, sus lejanos sueños y fantasías. En las ciudades poco o nada se cuestionarán por los destinos de estas generaciones en el campo, que permanecen escondidas en la oscura maleza del olvido.

Por otro lado los padres de familia volverán al corte, a la chagra, al surco, a la oficina. El mismo jornal de ruego que ofrece la demanda. El mismo salario mínimo que no alcanza. Con el sueño interrumpido y con su miedo fresco. Volverán a trabajar esas horas extra sin paga, para cotizar en un fondo de pensión, con toda la incertidumbre en el alma y con la seguridad que no pueden enfermarse en un sistema de salud tan nefasto. Y ni hablar del sistema de transporte masivo y más IVA… El hambre acumulada en medio de una notable descomposición social, la delincuencia disparada, disparando y la inseguridad de siempre en la cultura del nunca, cobraran sus nuevas víctimas. Porque aquí la única cultura que prospera es la del rebusque y lo único organizado es el crimen…

Después de dejar la casa en arriendo con la ilusión de poder comprar su casa propia algún día, se encontrará en el camino interminables filas y aglomeraciones que traerán un viejo recuerdo, de cómo era todo antes de la pandemia, no dejará de tropezar con niños y mujeres indígenas bailando en la acera, vendedores ambulantes orbitando por todo el espacio público, mendigos intermitentes usufructuando los buses, migrantes internos y extranjeros por doquier. Quizás su empatía forjada en las penumbras del confinamiento, le inviten a extender su mano para ayudar aquellos que padecen el desempleo y el olvido.  Los miles de pobres invisibles que engordan las recientes marchas, esa ciudadanía de la Colombia profunda. En ese caso, su solidaridad le hará llegar a casa sin una moneda en los bolsillos.

Cuando se descalce y repose su cansancio frente al televisor, vera el resumen de noticias. (Noticias tergiversadas de “supuestos” desfalcos al erario público, un senado que legisla para amigos poderosos y en nombre propio, un sin número de muertos y auto-atentados para justificar políticas, no tan democráticas y también para justificar el presupuesto de defensa y así someter a fuerza armada, todo aquel que parezca estar en desacuerdo con el estatus quo del establecimiento. Luego, por supuesto la sesión de entretenimiento y el futbol, que le harán olvidar el abandono en el que se encuentra como ciudadano, en un estado social de derecho y de derecha).

La policía con nuevos uniformes, la Procuraduría con nuevos poderes judiciales, el Presidente con un lujoso helicóptero en el cual podrá sobrevolar la pobreza. Así seguiremos siendo uno de los países más corruptos del mundo, más desigual y más ignorante.

Es momento de revaluar eso que llamamos NORMAL, porque romantizar la pobreza no es normal, ser insensibles frente a la muerte, no es normal, ser indiferentes frente a las injusticias, no es normal, tolerar tanta desidia definitivamente no es normal.  No volvamos a la “normalidad”. Luchemos por cambiar, por ser más solidarios y responsables, el cambio comienza por nosotros mismos. Es momento de elegir el cambio de nuestro destino como país. Tendremos que asumir ese compromiso.

 

Autor : H.Martín 

Ilustración : Martín Bacatá

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Melisa Cáceres

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