ENROLLAMIENTO EN LA TERCERA PUERTA

Apreciado lector, lo que leerá a continuación es un pequeño fragmento de una experiencia de medicina denominada temazcal, como parte de mi proceso de investigación doctoral. No pretende ser un recuento exhaustivo de las experiencias que pueden vivirse, en tanto que la medicina afecta los cuerpos- mentes de las personas de formas diferentes. En su lugar, es una breve descripción de ciertas experiencias, que apuntaron a entender qué prácticas de la diferencia se encontraban en el temazcal; es decir, cómo el temazcal hace una ontología particular.
 

El ritual del temazcal o casa de vapor puede tomar muchas formas y secuencias, dependiendo del lugar donde se esté practicando. Dejaré a los arqueólogos y etnohistoriadores las preguntas acerca de dónde surge esta práctica y cuánto tiempo se estima que tiene de existencia. La forma de temazcal que experimenté la ofrece la familia de Yarumari y Kandami Yari, en zona rural del departamento de Cundinamarca, en el centro de Colombia; y tuvo lugar el 05 de diciembre de 2021. Los nombres mestizos de los participantes fueron cambiados para proteger su identidad.

 

El proceso del temazcal inicia con mensajes que circulan en redes sociales, como Facebook o WhatsApp, en el que se promociona la casa de vapor. Usualmente se emplean fotografías de las estructuras empleadas, una hoguera y algo de paisaje; a veces también se retratan personas en grupo, momentos antes o después de la medicina.

 

Las personas que tenemos contacto con los oferentes, acudimos a la casa, que se encuentra al interior de las colinas cundinamarquesas.  Hay que caminar la última parte del trayecto en ascenso por varias fincas, para ser recibidos con un vaso de agua o jugo para apaciguar la sed y la agitación del último tramo.

 

Una vez presentes todas las personas, es necesario cambiarse de ropa a un traje de baño o falda larga, para tomar la medicina. Luego, hay que descender unos 200 metros hasta la meseta que contiene las estructuras empleadas para el temazcal. Una de ellas, que puede albergar alrededor de 25 personas, está construida con barro y se encuentra en el extremo norte de la meseta. La que empleamos aquel día era más pequeña, hecha de guadua y que asemeja un pequeño iglú, que se cubriría con mantas y cobijas para guardar el calor.

 

Las estructuras tienen un hoyo cavado en el centro, el “ombligo”, donde se depositan piedras volcánicas calentadas en la hoguera – también conocidas como “abuelas” por su edad – y a las que se les aplicará el agua arrojada con hierbas aromáticas, para producir el vapor.

 

Antes de iniciar, los participantes nos ubicamos alrededor de la hoguera para armonizarnos. Yarumari emplea unas resinas que se queman en un recipiente para cubrir a los participantes con sahumerios, que debemos abanicar hacia nuestros cuerpos. Luego, una ofrenda consistente de semillas, arroz, granos y otros materiales, se reparte entre los participantes para ofrecerse a los cuatro puntos cardinales dentro de nuestros puños alzados, y también al cielo y la tierra. La ofrenda finalmente se arroja al fuego.

 

Las mujeres ingresan primero al temazcal, ubicándose alrededor del ombligo de la mejor manera posible, luego ingresamos los hombres. Es virtualmente imposible no tener contacto físico con los demás participantes. Una vez todos estamos dentro, se cubre el ingreso con una manta, para cerrar la estructura completamente. De esta manera inicia la primera puerta, o el primer ciclo que consiste en la entrada de las piedras volcánicas calentadas en la hoguera al ombligo del temazcal, que serán roseadas con agua – empleando hierbas aromáticas – para producir el vapor.

 

Una vez las abuelas ingresan, se ofrecen cantos acompañados de tambores, alusivos al motivo simbólico de la puerta. Cada puerta tiene una duración aproximada de 10 – 15 minutos. Luego, el temazcal se abre momentáneamente para dar ingreso a nuevas piedras – abuelas y volver a cerrarse. La primera se le denomina puerta del fuego, a la segunda del aire, tercera del agua, y cuarta de la tierra. Los procesos y peticiones de sanación propia se realizan hacia la tercera y cuarta puerta.

 

Durante la tercera puerta del temazcal o la puerta del agua, sentí que las piernas y los brazos se dormían. No fue aquella sensación donde se pierde la sensibilidad y la movilidad de los miembros y al cambiar de posición se sienten agujitas en la piel. Era una sensación de entumecimiento, como si el cuerpo se estuviera enrollando sobre sí mismo. Tuve que dejar de cantar, para tratar de encontrar una posición cómoda, entre las diez personas que ocupábamos el breve espacio que había entre el ombligo del temazcal, un hoyo cavado en la tierra donde ya se habían depositado varias abuelas (piedras volcánicas calientes) en las dos primeras puertas, y la estructura exterior de guadua y mantas. La luz al interior del temazcal era tenue y ocasionalmente los vapores calentaban intensamente el rostro y los hombros.

 

Yarumari, quién dirigía los cantos y tocaba el tambor, notó mi enrollamiento. Nos explicó a los participantes que era una prueba de la medicina, que pueden ser suaves si dejamos que actúe; pero si nos resistimos, nos prueba más fuertemente. La medicina – ya no como saber, ni como proceso, sino como agente – buscaba doblegarme. El enrollamiento disminuyó entre la tercera y cuarta puerta.

 

Cuando empezó la cuarta, la puerta de la sanación, el enrollamiento retornó aún más fuerte. Me volví un nudo. Las piernas entumecidas y las manos enrolladas no me dejaron adoptar una posición cómoda. Kandami Yari y la participante que se encontraba a mi derecha me permitieron ocupar parte de su espacio y logré acostarme con las rodillas dobladas, los pies en la tierra y el rostro mirando hacia arriba. La respiración y el ritmo cardiaco parecían acompasarse con el tambor y los cantos; el corazón latía rápidamente y las respiraciones eran cortas y frecuentes.

 

Mientras yacía sobre la espalda, me sobrevino una sensación de silencio. No porque los cantos hubieran cesado, más bien mi mente cambió de estado y ya no prestaba tanta atención al enrollamiento. Por varios minutos vagué entre un estado de consciencia parcial y ensoñación; en el que sabía dónde estaba, quién era y podía escuchar los cantos; pero mi mente se negaba a prestar atención y vagó libremente. No fue una experiencia angustiosa, más bien se parecía al momento previo a quedarse dormido. En algún momento empecé a ser más consciente de mi respiración y poco a poco fui recuperando la movilidad del cuerpo, que se desenrolló. La calma acabó por inundar todo mi cuerpo.

 

Me incorporé nuevamente y sentí como si un peso se hubiera quitado de encima, el cuerpo se sentía fluido y el nudo se había deshecho. Pude volver a entonar los cantos. Kandami Yari, que también estaba pendiente de mi enrollamiento, separó algunas hierbas del manojo que tenía en la mano y que usaba para arrojar agua sobre las piedras-abuelas y me las dio, eran yerbabuena, limonaria y manzanilla. Las puse entre mis manos, las apreté y luego cubrí mi boca y nariz.

 

Momentos más tarde, mientras respiraba los aromas que desprendían las hierbas, una sensación de tristeza pasó por mí. La sentí entrando por los brazos y centrándose en el pecho, para moverse a mis ojos. No sentí la tristeza como algo mío, no podía identificar de dónde podía haber salido. No había ninguna idea asociada a la tristeza, solo la sensación de ella. De alguna manera, era como si la tristeza que sentía fuera un reflejo. Abrí los ojos y noté que la participante que se encontraba frente a mí, al otro al otro lado del ombligo del temazcal, estaba llorando. Las canciones habían ocultado el ruido de un llanto tranquilo. Otra participante a la derecha también lloraba.

 

Algunos minutos más tarde, entre la tristeza, la calma, el vapor con olor a hierbas aromáticas, la quemazón y los cantos, el temazcal llegó a su fin. Se levantaron las cobijas que cubrían el temazcal y poco a poco se dejó descender la temperatura. Yarumari y Kandami Yari nos ofrecieron agua, mientras nos decían que al final del temazcal, la medicina permite notar porqué se dice que el agua es dulce. Al beberla, fue inevitable notar que el agua se inclinaba más al dulce que a cualquier otro sabor.

 

La experiencia, vista y rememorada a través de las notas de campo, permite plantear varias preguntas y reflexiones. Originalmente, había acudido al temazcal para tratar de entender cómo éste, visto como una práctica, podría hablar de la diferencia de la comunidad panche, o la panchedad. Durante el proceso del temazcal, hay una orientación y acompañamiento permanente de Yarumari y Kandami Yari. Sus roles conocimientos y experiencias compartidas durante la medicina hacen claro que ellos son diferentes al resto de participantes del temazcal; se practican roles de dirección, canto, producir el vapor, observar y orientar a los participantes y explicar los fenómenos y experiencias que se presentan; también, se practica cuidado sobre los participantes, respondiendo preguntas, ofreciendo agua y hierbas aromáticas cuando lo ven oportuno.

 

Hay momentos en el temazcal donde las personas nos sentimos unidas, conectadas de forma inesperada a completos desconocidos. En el temazcal se transforman las relaciones, momentáneamente, se permiten cercanías, intimidad, solidaridad con los participantes; hasta aparece la situación de reflejar emociones de otras personas. No obstante, esta unión temporal y circunstancial parece contrastar los momentos anteriores y posteriores al temazcal, cuando las personas nos presentamos, o después de la medicina cuando se comparten alimentos, se toman turnos para bañarnos y cambiarnos; y los participantes partimos con rumbos diferentes. El nodo que nos une son Yarumari y Kandami Yari, pero los demás participantes muy probablemente no nos volveremos a encontrar.

 

Esta experiencia, más que contestar afirmativa o negativamente la pregunta que llevaba, parece orientar nuevos cuestionamientos. Pareciera que el temazcal, además de ser una tecnología médica ofertada a población indígena y no indígena, produce circunstancialmente momentos de unión o casi liminalidad entre las personas que participamos de la medicina. No obstante, esa experiencia de hermandad entre los participantes contrasta con la diferencia que producen los roles y conocimientos de Yarumari y Kandami Yari.

 

En el tiempo, pareciera que los lazos que se fortalecen son con las personas que dirigen la medicina y no con los demás participantes del temazcal, con los que emergen asombrosos lazos de empatía y conexión, pero que se diluyen en la distancia al salir del temazcal. Se afianza una relación en la que los participantes pueden volver a participar de la medicina, en el que el rol de Yarumari y Kandami Yari no se altera.

 

Una diferencia se ve alimentada, renovada y reafirmada cada vez que esto ocurre. Aún no sé si a eso puede llamársele panchedad, pero invita a observar más atentamente los momentos anteriores, durante y posteriores de la medicina, para tratar de entender cómo y en qué momentos aparece su diferencia.

 

 

 

 

 

Autor:

Jorge Mario Guerrero Bedoya

Antropólogo de la Universidad Externado de Colombia, Magister en antropología de la Universidad de los Andes, estudiante de doctorado en Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia

guerrerobedoya@gmail.com

 
 

 

 

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